Bolivia, un país desprogramado e incierto

Como si se tratara de un viaje en una cápsula inventada por H.G.Wells, Bolivia es hoy un país en retroceso, en el que casi nada funciona con una mínima fluidez, a partir del momento en que la presidenta accidental –a la que en el espectro internacional se califica dominantemente como presidenta de facto–, decidiera convertirse en candidata para las elecciones de las que estaba encargada a partir de una transición que debió caracterizarse por trámites rutinarios para generar un gobierno electo, después de la anulación de los comicios realizados el 20 de octubre del pasado año, con el argumento de un “fraude monumental”, seriamente impugnado más allá de las fronteras nacionales.
Bolivia se encuentra económicamente desprogramada con decisiones de contratación de deuda externa que corresponden a una administración con facultades para gobernar cinco años, entrampada en las disputas que sostiene el gobierno de Añez con la Asamblea Legislativa Plurinacional que aduce incapacidad jurídica para viabilizar los desembolsos de recursos, debido a que no se cumplen los requisitos constitucionales para la viabilización de créditos, con el agravante en el contexto general,  de la muy débil actuación del Tribunal Supremo Electoral, cuarto poder del Estado que ha fijado el 18 de octubre como fecha de elecciones, sin una fundamentación orientadora que ayude a acercar a las partes en conflicto, en este caso, las organizaciones sociales encabezadas por la Central Obrera Boliviana (COB) y los colectivos sociales vinculados al Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, por una parte, y los partidos políticos situados del centro hacia la derecha que han dejado pasar el necesario tiempo para que en plena pandemia, con enormes riesgos de contagios masivos, indígenas, campesinos y trabajadores de las ciudades hayan decidido volcarse a las calles para reclamar por elecciones ya, a través de nutridas movilizaciones en media docena de ciudades del país.

Bolivia, un país desprogramado e incierto – Por Julio Peñaloza Bretel

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