El Alto inició su demanda universitaria a finales de los años ochenta, cuando la expansión urbana, el crecimiento demográfico y el desplazamiento de miles de familias obreras e indígenas habían configurado una ciudad con una fuerte identidad comunitaria, pero sin instituciones de educación superior propias. La ausencia de universidades en la urbe impuso barreras económicas y sociales para miles de jóvenes alteños, obligados a desplazarse diariamente a La Paz o abandonar sus estudios.
1989: La chispa inicial
El 17 de febrero de 1989, la ciudad fue escenario de una de sus primeras luchas de carácter educativo. La FEJUVE El Alto, que ya tenía una estructura sólida en la defensa de los intereses urbanos, encabezó una movilización decisiva: una huelga de hambre que marcaría el inicio formal de la exigencia por una universidad propia.
En este periodo destacan dirigentes como Antonio Antequera Bernal, uno de los rostros visibles de la medida, y Pablo Ticona Yujra, representante activo de la base vecinal que sostenía la protesta. La huelga buscaba presionar al Estado para instalar una institución de educación superior en la ciudad, una demanda que entonces parecía lejana pero que estaba cargada de sentido comunitario: se requería un espacio académico que respondiera a la realidad alteña.
Paralelamente, la Facultad Técnica de la UMSA se integró al proceso mediante acercamientos y convenios iniciales. De esta articulación surgió un proyecto dependiente de la universidad paceña: la Universidad Técnica Laboral de El Alto. Aunque no era la universidad autónoma soñada por los alteños, representó un primer avance estructural.
Nacimiento del movimiento estudiantil alteño
La UTLA se convirtió en un semillero de organización juvenil. Allí emergieron los primeros dirigentes estudiantiles alteños: Casiano Callisaya, Calixto Quilla, Eduardo Huanca, Benedicto Copeticon y David Ticona Balboa, este último no solo partícipe del proceso, sino también testigo que más tarde registraría su historia.
Estos estudiantes reclamaban mayor autonomía académica, mejores condiciones y el derecho a una universidad alteña. La organización estudiantil de la UTLA fue clave: mantuvo viva la demanda durante los años noventa, incluso cuando el avance institucional parecía estancado.
La década de los noventa: persistencia silenciosa
Entre 1990 y 1999, la demanda universitaria no desapareció. Continuó en reuniones sectoriales, movilizaciones intermitentes y en la memoria de quienes participaron en la huelga de hambre. La FEJUVE y otros sectores sociales mantuvieron la reivindicación, mientras el estudiantado alteño fortalecía su identidad y su capacidad organizativa.
Este periodo estuvo marcado por la consolidación de estructuras comunitarias y sindicales, que más tarde serían fundamentales en el empuje final del año 2000.
2000: La irrupción masiva y definitiva
El año 2000 abrió un nuevo ciclo. La presión acumulada durante once años se transformó en un movimiento articulado por múltiples sectores sociales. La Central Obrera Regional de El Alto se sumó de forma contundente, aportando fuerza sindical y capacidad de movilización.
La FEJUVE fortaleció nuevamente su liderazgo, y junto a otros sectores formó el Comité Interinstitucional Pro Universidad de El Alto, un espacio de coordinación entre vecinos, gremiales, estudiantes, maestros, sindicatos y organizaciones de base. Esta instancia se transformó en la columna vertebral del proceso final de presión.
La mediación de Jesús Juárez Párraga, entonces arzobispo, permitió abrir canales de diálogo y sostener reuniones estratégicas entre la ciudadanía y las autoridades estatales. Su rol ayudó a mantener coherencia institucional en momentos de tensión.
Un hecho clave fue el rol del Sindicato de Trabajadores de la Prensa de El Alto, cuya sede se convirtió en punto logístico para la inscripción de los primeros estudiantes y docentes ad honorem. Fue un espacio de articulación técnica y comunicacional imprescindible.
El 1º de mayo de 2000, miles de vecinos, jóvenes, docentes y organizaciones sociales realizaron la ocupación pacífica de los predios que serían la nueva universidad alteña. Esta acción marcó el punto sin retorno. La ciudad entera se alineó detrás de la exigencia.
Fundación de la UPEA
Ese mismo año se consolidó formalmente la Universidad Pública de El Alto, producto directo de once años de lucha continua. No fue una concesión graciosa del Estado, sino un logro acumulado de presión vecinal, organización estudiantil, empuje sindical, mediación institucional y persistencia comunitaria.
La crónica completa del proceso fue registrada en parte por dirigentes y estudiantes que vivieron ambas fases, entre ellos David Ticona Balboa, cuyas notas permitieron vincular la huelga de 1989 con la fundación definitiva del año 2000, afirmando la continuidad histórica del movimiento.
Conclusión
Entre 1989 y 2000, El Alto protagonizó uno de los movimientos más sostenidos y estratégicos por el derecho a la educación superior en Bolivia. La creación de la UPEA no fue un evento aislado, sino el resultado de una construcción social que abarcó dirigentes vecinales, estudiantes, sindicatos, organizaciones de base, mediadores institucionales y una comunidad entera decidida a fundar su propio espacio universitario.
