• 13/04/2026 03:47

Conducta electoral de la nación aymara y la elección de alcalde en la ciudad de El Alto

* Dr. Uriki David Ticona

Por más que los datos muestren un triunfo con apenas el 18 %, reducir la victoria de Elizer Roca Tancara a una simple operación aritmética sería un error analítico. En El Alto, donde la vida política se entreteje con la memoria larga y los principios de la cosmovisión aymara, el voto no expresa sólo adhesión: expresa equilibrio, necesidad de rotación, el ayni social y la corrección del rumbo colectivo.

La ciudad habló, y habló con claridad. En la lógica aymara, la fragmentación no es síntoma de desorden, sino un mecanismo de muyu, la rotación inevitable cuando un ciclo político se agota. El electorado alteño —urbano-aymara y profundamente comunitario en su razonamiento— activó esta pulsión renovadora no porque Roca fuera irresistible, sino porque el resto de los actores terminó atrapado en sus propios errores, sus propias deudas sociales, sus propios desencuentros con la comunidad y los desequilibrios energéticos (ajayu).

Roca ganó porque fue leído como figura limpia de compromisos tóxicos. No es que representara un nuevo proyecto de gran magnitud; representó, más bien, una pausa, un respiro, un intento de restablecer el qamaña, el modo de vivir político que busca coherencia y sobriedad después de años de turbulencia. En política aymara, la coherencia y el equilibrio son valores más preciados que la elocuencia.

El votante alteño aplicó su justicia moral: el ayni. En este principio de reciprocidad, quien recibe sin devolver pierde legitimidad. Y muchos de los competidores de Roca llegaron a estas elecciones cargando deudas, promesas olvidadas, rupturas con las juntas vecinales y ausencias en momentos críticos. En ese escenario, la ciudadanía eligió no premiar a nadie, sino castigar a varios. Y en esa operación, Roca terminó como beneficiario residual, pero legítimo.

Su triunfo también responde a un rasgo histórico de El Alto: la defensa de su autonomía política. La ciudad desconfía profundamente de los tutelajes externos, de los partidos que pretenden imponer candidatos sin arraigo, o de las redes de poder que suplantan la voz vecinal. Roca fue leído como menos colonizado políticamente, y eso bastó para que sectores organizados lo validaran.

Pero que nadie se engañe: Roca no recibió un cheque en blanco. Recibió un mandato condicional, el más exigente que puede otorgar El Alto. La cosmovisión aymara es precisa: el poder no se regala, se presta; y el que lo recibe debe sostenerlo cada día con ch’ama, fuerza moral, trabajo visible y respeto por quienes lo pusieron ahí. La autoridad que no alimenta este vínculo se queda sin respaldo incluso antes de terminar su primer año.

El 18 % no es debilidad estadística; es advertencia. Un recordatorio de que la legitimidad no se hereda, se cultiva. Roca ascendió porque la ciudad buscó un reacomodo interno, no porque él haya encendido grandes entusiasmos. Su tarea, ahora, será construir las relaciones que aún no tiene, sanar las fisuras que no le pertenecen pero que deberá administrar, y demostrar que puede convertirse en una autoridad que no solo administra el municipio, sino que encarna el orden simbólico que El Alto exige.

El Alto eligió en clave aymara. Rotó su ciclo, ajustó sus fuerzas y se dio otro chance. Roca tiene el mandato, pero la ciudad tiene la memoria. Y en El Alto, la memoria es la verdadera autoridad.

Roca no es el cierre del proceso; es el punto de partida de una reconfiguración. Su tarea no será solo administrar, sino reordenar el campo político en clave de complementariedad. Porque en El Alto, como en toda lógica aymara, no basta con ganar: hay que equilibrar.

* Dr. Tata Uriki David Ticona: Abogado, Periodista, Filosofo Indígena, Yatiri Amawta de la Nación Aymara, Perito Especializado en Cuestiones Indígenas. Proyectista de la la Universidad Pública de El Alto, (1989 – 2000) cel: 71539769

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