Desde su creación el Comité Cívico Pro Santa Cruz se fundamenta en ideas fascistas y racistas contra el indígena principalmente del altiplano

Las élites cruceñas, a través del Comité Cívico pro Santa Cruz, desde su creación (30 de octubre de 1950), han manifestado ideas fascistas y de racismo puro contra el indígena de Bolivia principalmente del altiplano. Esta organización definió al colla como un elemento de atraso para ese departamento, como un freno a su progreso. “Ser cruceño es, además, odiar al colla, y obedecer el mandato del Comité Cívico”, escribió el periodista Raúl Antonio Capote en el periódico Granma de Cuba.

De acuerdo con el comunicador, las regalías petroleras del 11 % para los departamentos productores fueron concedidas en 1938 mediante un decreto ley que nunca se cumplió en Bolivia. Después de la revolución de 1952, cuando el indígena del altiplano, el colla, derrotó al ejército e instauró el voto universal, por primera vez se incluyó al indígena en la vida democrática, esto permitió un cambio significativo en el padrón electoral de Bolivia.

Capote afirma que este cambio en el padrón significó una gran inclusión de los pueblos originarios y de la clase trabajadora más humilde, en general, en las elecciones. Empero, las élites cruceñas definieron al colla como un freno para su avance económico. El Comité Cívico Pro Santa Cruz, valiéndose de esa historia, fijó en la mente colectiva del pueblo cruceño al colla como el enemigo externo, idea que se convirtió en el paradigma de la región.

El Comité Cívico asumió la defensa de “todo el pueblo cruceño”, al iniciar los reclamos por las regalías petroleras del 11 %, y que, desde su concepto el gobierno altiplánico de La Paz “se negaba a cumplir”. Se inició la guerra contra lo que consideraban el “enemigo externo”: el colla centralista y altiplánico “que impide el desarrollo de la región”.

Sin embargo, según Capote, el verdadero enemigo de la región y de Bolivia no era el colla, eran los que estaban mucho más al norte del continente y los que habían traicionado a la revolución de 1952, es decir el mismo Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que comandó la revuelta del 9 de abril de ese año. Principalmente el problema era que el petróleo boliviano estaba siendo explotado por la GulfOil Co., una empresa estadounidense que no estaba dispuesta a compartir sus ganancias con nadie.

Posteriormente, las acciones del Comité Cívico cruceño se caracterizaron por sus ideales netamente fascistas. Apoyó golpes militares para evitar el avance de la Revolución de 1952 y posteriores asonadas golpistas como la de Hugo Banzer Suárez en 1972, una de las más sangrientas del siglo pasado en Bolivia.

LA UNIÓN JUVENIL CRUCEÑISTA

En este contexto, el periodista explica, además que la Unión Juvenil Cruceñista fue creada en 1957 para servir como el brazo armado del Comité Cívico Pro Santa Cruz, encargado del adoctrinamiento y del amedrentamiento de la población. La mayoría de sus afiliados son jóvenes menores de 30 años. Algunos de ellos han sido procesados judicialmente con relación a hechos de violencia racista.

Los grupos violentos, como la Unión Juvenil Cruceñista, catalogada en algunos círculos sociales como neonazi, se extendieron a diferentes lugares del país, amenazando y agrediendo a los líderes sociales y en los días del golpe de noviembre del año pasado actuaron siguiendo las listas de “traicioneros”, para defenestrar a esas personas o atacarlas y hasta asesinarlas. Según Capote, estos grupos paramilitares, no buscaron, entonces, nunca una segunda vuelta electoral, ni anulación de elecciones. Ellos salieron a tomar revancha, a tomar el poder.

La Unión Juvenil Cruceñista es la organización paramilitar de la élite cruceña, destinada a defender intereses oligárquicos, y se fundamenta ideológicamente en el racismo y el fascismo, como su mentor el Comité Cívico Pro Santa Cruz. Además manifiesta su admiración histórica por grupos como los Ustachas de Croacia y por las SS de la Alemania nazi, el uso de los símbolos del imperio estadounidense, su narrativa profundamente racista, “adornada” con elementos seudocristianos y de intransigencia religiosa, dan la medida de ante quiénes estamos y a quiénes representan, señala Capote.

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